Mi vida en letras

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Monday, July 22, 2013

El gigante

Se sintió pequeño, tan pequeño, aconsejado por el miedo de perder, mientras escuchaba acercarse cada vez más la tormenta.

La lluvia ácida llegó primero. 

En una nube de polvo y grava logró enfocar la mirada con gran esfuerzo y vislumbró la silueta humanoide, tan grande que hubiera podido fácilmente usar de silla la montaña que tenía a su espalda.

Escuchó un rugido, una voz que sonaba como los feroces truenos que anuncian la furia de un cielo ennegrecido.

Se cubrió los ojos con un antifaz de indiferencia, se puso la pechera, finamente tallada de orgullo y soberbia, y el casco, que le cubría los oídos ante cualquier palabra, sabía o insensata.

Afinó la puntería, miró a través de la honda, centró la piedra; no había tiempo de dudar.
El cielo comenzó a gritar, al tiempo que la piedra surcaba el firmamento en busca de su blanco. 

Un estruendo golpeó el piso con gran fuerza, y el cielo fue aclarandose poco a poco, mientras el sol se encargaba de ahuyentar las nubes restantes, como si supiera que el daño estaba hecho y anunciando así, el final del encuentro con el coloso. 

Buscó el cadáver del gigante en el suelo, pero no pudo encontrar nada. - Escapó de nuevo, pensó. 

Recorrió el valle con la mirada y sólo encontró, espantado,  a su mujer, en el piso, sangrando y sosteniendo la piedra momentos antes disparada por la honda. 

Ella lo miró con ojos de quien ama y perdona todo, mientras él la tomaba entre sus brazos.
David la besó en la frente, la recostó suavemente junto a un árbol, le dijo que regresaría y se fue, de nuevo, en busca de su gigante imaginario. 

Wednesday, July 03, 2013

Suicidios asesinatos

Recuerdo sus ojos grandes mirándome, como queriendo comerse con las pupilas hasta el último haz de la poca luz que se colaba por la ventana.
Su voz, haciendo canción con el zumbido del silencio, hablándome de futuros imprecisos en lugares improbables.

Esa noche tuve cincuenta, cien, doscientos años y de pronto me vi arrancándome las plumas de las alas a mano limpia, mientras miraba sin espanto la sangre gotear de mi espalda al suelo.
Recuerdo que de cuando en cuando volvía a mirar esos ojos, que no sabría si describir como mentirosos o inocentes [porque el flujo de sus palabras me nublaban involuntariamente el juicio] pero que parecían atónitos al ver que no podía hacer nada para convencerme de creerle.

Todo lo que yo quería era no sentir nada; así que me volví mármol, y miré todo desde afuera, tranquila, callada.
Recuerdo que logré concentrarme en el silencio, y todo excepto nosotros dos, desapareció, como cuando el sueño se espanta de golpe al filo de alguna pesadilla.

No quise ser cruel, pero cubrí su boca con la mía, dejándole sin aire.
No opuso resistencia.
Le sentí abandonarse entre mis brazos, rindiéndose lentamente a la desesperanza.

Una lágrima cayó de mis ojos, pero fue obligada por la razón, solamente para sentirme humana de nuevo, [el mármol, al no saber llorar, sólo emula lágrimas de lluvia] quise sentirme culpable de verle en el suelo, sin la vida que brillaba en esos grandes ojos momentos atrás; y fue así que tuve cinco, ocho, diez años, y descubrí que se puede jugar a ser Dios, y hacer mucho, mucho daño.

Se puede dar muerte en vida de tantas formas.

Recuerdo que se incorporó, lento como agonía, y se fue en cuanto le di la espalda.
Se fue en derrota, arrastrando el alma en el piso, al sonido de sus razones que crujían bajo mis tacones negros, mientras me ponía los guantes, largos como esa noche que aún no termina; blancos como la luna que ninguno de los dos volteó a mirar si quiera, pero que fue el único testigo de sus suicidios y mis asesinatos.